Todos hemos disfrutado los grandes éxitos cinematográficos de los ochenta: ‘Volver al futuro’, ‘Rambo’, ‘Terminator’, ‘Los Cazafantasmas’. Muchos los vimos en amplias salas, otros en video, y las nuevas generaciones en streaming. Para nosotros, era cualquier actividad lúdica de sábado.

Sin embargo, no era igual en todo el mundo.

En la Rumanía de finales del siglo XX, gobernada bajo el yugo del dictador Nicolae Ceausescu, ver estas películas era considerado un crimen, y quien lo hacía podía enfrentar desde una condena de dos años de cárcel, hasta el cateo de su casa o ser interrogado por la Securitate, la infame policía del régimen.

Para poder disfrutar de los filmes (sobre todo de Van Damme, Stallone y Chuck Norris, los favoritos de los rumanos) había que recurrir a la ilegalidad, mediante contrabando y piratería. Hoy son actividades condenables, pero entonces eran una forma de resistencia.

La dictadura de Ceausescu dejó una estela de represión y pobreza con millones de víctimas. Durante su gobierno, Rumania permaneció culturalmente aislada. El único canal de televisión funcionaba dos horas al día y difundía propaganda. Quizá lo peor era la Securitate, que entre sus prácticas más infames, era la de obligar a sus detenidos a torturarse entre sí para destruir todo vínculo. Estar bajo su investigación implicaba un miedo atroz.

En ese contexto, plagado de miedo y represión, un empresario llamado Teodor Zamfir ideó un plan: en sus viajes de negocios a Hungría, llevaba de contrabando películas populares de Estados Unidos, sobornando para pasarlas por la aduana. Una vez en Bucarest, hacía copias piratas y las distribuía en formato VHS. Pero aún faltaba un aspecto esencial: era necesario alguien que doblara los diálogos de Chuck Norris o Sylvester Stallone, y para eso estaba Irina Nistor, una mujer que trabajaba para el gobierno y que por las noches se convertía en la voz de personajes entrañables Marty Mc Fly o Indiana Jones. Llegó a doblar hasta 3,000 películas. Su voz se convirtió en un símbolo de resistencia.

El riesgo

El excelente documental ‘Chuck Norris contra el comunismo’ profundiza en la lucha clandestina de la sociedad rumana, pero también muestra los riesgos. Después del trabajo, la gente se reunía en sus departamentos de forma completamente clandestina para ver las películas. A veces la imagen era pésima, por tratarse de una copia de otra copia, y aun así los VHS costaban muchos leis, la moneda rumana.

Como era de esperarse, la Securitate cateaba departamentos, confiscaba videos y caseteras, y arrestaba a quienes estaban presentes. Lo menos grave era la pérdida de dichos bienes; lo peor, ser llevado a las oficinas de la policía secreta para ser interrogado. La pena por desobedecer la de visionar cine podía ser de hasta dos años de cárcel. Curiosamente, Zamfir llegó a sobornar a los agentes con videos. Sin embargo, eso no impidió que los agentes infiltrados (uno de cada treinta ciudadanos) espiaran tanto al empresario como a Irina Nistor. Como bien se sabe, en cualquier dictadura, las leyes se modifican y adaptan según conveniencia del poder.

Los testimonios del documental cuentan que la Securitate se llevaba a quienes veían las películas y luego los regresaba, con un trato tan intimidante que muchos preferían no contar nada.

El 25 de diciembre de 1989, Ceausescu fue ejecutado junto con su esposa, poniendo fin al régimen. Poco después, se derrumbó el muro de Berlín, y el Bloque del Este quedó en la memoria histórica.

Con la caída del comunismo, este fenómeno social perdió sentido, pero hasta hoy se recuerda como una lucha contra las injusticias de la dictadura y en favor de la libertad cultural. Como dice Irina en el documental antes citado, recomendable para conocer esta época:

“Era una forma de ser libres, y de molestar al régimen, de ganar una batalla. Sin importar lo poco que pareciera, se hacía la diferencia”.