Hoy, 18 de mayo, se conmemora el Día Internacional de los Museos. Se trata de una fecha perfecta para conocer y valorar estos recintos culturales y artísticos, y reflexionar respecto a todo lo que nos aportan.
Sin embargo, el crimen, con sus viscosos tentáculos, atrapan todas las actividades humanas, y los museos no son la excepción. Por eso, esta semana contaremos la historia de Vincenzo Pipino, el ladrón de arte más famoso de Venecia.
El arquetipo del ‘Ladrón caballeroso’ lo hemos visto cientos de veces en películas, novelas y series. Desde Arsenio Lupin, creado por el escritor Maurice Leblanc (que contó con su serie de Netflix) pasando por Fantomas, héroe del cómic nacional, hasta la sensual Gatúbela y su rivalidad con el Caballero de la Noche. Aquellos criminales que nunca matan, roban a los millonarios y poseen un bagaje cultural impresionante. Todos ellos son ficticios, pero solamente Pipino existió.
Nacido el 22 de julio de 1943, Pipino fue un niño que siempre destacó por dos aspectos: su inteligencia y su necesidad, casi patológica, de robar. Su familia era muy pobre, ya que vivieron después de la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que hurtó fue una lechera, y después de beberse el contenido, vendió el bote como chatarra. Conocía Venecia a la perfección: todos sus canales, sus callejones, sus museos, sus recovecos. Escalaba los edificios con maestría de gimnasta, y conforme crecía, estafaba a los turistas.
Su madre, preocupada por el mal hábito de su hijo, le contó la leyenda de ‘La Pierna de Oro’, que trataba sobre una mujer que murió cayendo de una escalera y a partir de allí, se aparecía su fantasma con la pierna brillante. Nunca disuadió a su hijo, pero si le generó un miedo inmenso a la oscuridad que lo siguió toda su vida.
Con el paso de los años, Pipino robaba pinturas y cuadros. Se documentaba muy bien, y debido a su cultura, era aceptado por la clase alta italiana. Desarrolló un código de ética para sus crímenes: nunca robar a los pobres. Nunca usar armas ni herir gente. Nunca dañar las obras de arte. Él era, ante todo, un caballero ladrón.
Cuando robaba una pintura, se iba caminando o en góndola, pues decía que los policías siempre persiguen a la gente que corre, no a la que se desplaza tranquila.
PALACIO DUCAL
El más grande robo que cometió Pipino ocurrió el 9 de octubre de 1991, cuando se infiltró en el Palacio Ducal, ejemplo de la arquitectura gótica veneciana y actualmente, uno de los más importantes museos.
Pipino había acordado extraer un cuadro por orden de Felice Maniero, jefe de la organización criminal Mala de Brenta. El plan era pedir rescate por la obra para que liberasen al hermano del capo.
“¿Qué robarás?” le preguntó Maniero.
“Es sorpresa. Mañana lo verás en todos los periódicos del mundo”, respondió el delincuente.
De modo que el ladrón entró a Ducal con los turistas, y se escondió en una de las celdas. Cronometró el rondín de los guardias: pasaban cada 45 minutos. Después, fue hasta la galería donde se encontraba Madonna col bambino (La Madona con el niño) de un valor inestimable y patrimonio veneciano, y se la llevó envuelta en una manta. Salió por el Puente de los Suspiros con total tranquilidad.
Tiempo después, el cuadro sería devuelto y Maniero capturado. Pipino, de acuerdo con el perfil de muchos ladrones de arte, no quería dinero, sino demostrar que pudo cometer el crimen.
Con el paso de los años el caballeroso ladrón sería capturado y liberado. Aquel ciclo se convirtió en un eterno retorno de su vida. Hoy en día es asesor para la policía en materia de robos, pero más de una vez ha declarado que cree que es muy factible que muera en la cárcel. Además, se convirtió en escritor, siendo autor del libro ‘Rubare ai ricchi non è peccato’ (‘Robar a los ricos no es pecado’), a sus 82 años y ha vivido una película, serie o cómic.


