El 15 de junio de 1952, la ciudad de Londres se enteró de una noticia trágica e indignante: George Muldowney, un hombre resentido y celoso, había asesinado a puñaladas a una bella mujer llamada Krystyna Skarbek.
Aquellos hechos sangrientos hicieron recordar a una de las espías más grandes de la Segunda Guerra Mundial, quien fue tan destacada que impresionó a Winston Churchill y al creador del agente 007.
Hoy, recordaremos la vida de esta agente, sus impactantes hazañas y su absurda muerte.
Krystyna nació en 1908 en Polonia, siendo hija de un aristórcrata. Aunque se casó con un diplomático de nombre Jerzy Gizycky, ella no quería ser una mujer de su tiempo que se dedicase al hogar, sino ansiaba convertirse en una agente secreta. Con el paso de los años y el ascenso del nazismo, llamó la atención de los servicios de inteligencia de Gran Bretaña, especialmente para la Dirección de Operaciones Especiales (o SOE, Special Operations Executive) cuyo fin era investigar a los alemanes y sabotearlos.
Experta en esquí, una de sus primeras misiones teniendo alrededor de 32 años, fue la de infiltrarse en la Polonia ocupada por Hitler, deslizándose por la Cordillera de los Tatras. Una vez allí, se dedicó a llevar propaganda aliada de Budapest a Polonia… pero, como en toda historia de agentes secretos, el objetivo de Krystyna era buscar a su madre, quien daba clases en una escuela clandestina. Desgraciadamente, fue arrestada por los nazis y llevada a un campo de concentración. Nunca volvió a saber de ella.
Cuando se movía en tierras enemigas, usaba el seudónimo de Christine Granville. Una vez, en la Francia ocupada, fue arrestada por agentes de la Gestapo, pero ella les ordenó que la dejasen ir, pues tenía tuberculosis. En un principio los soldados nazis no le creyeron, pero la joven comenzó a morderse la lengua tan fuerte que empezó a sangrar. Acto seguido, escupió y tosió sangre.
Debido a que en aquellos años la enfermedad era letal, mejor la dejaron ir.
La espía que no lo amó
Skarbek se convertiría en la agente consentida de Winston Churchill, pues todas sus hazañas eran dignas de una novela… y literalmente, no era para menos, pues conoció a Ian Fleming, el escritor que años después crearía a James Bond, el agente 007, que le serviría de inspiración para el personaje de Vesper Lynd, el gran amor del espía del martini agitado, no revuelto.
En otra ocasión fue perseguida por dos agentes nazis, pero ella se limitó a levantar las manos. Creyeron que por fin había cedido, se acercaron para esposarla, pero ella les mostró dos granadas, así que mejor la dejaron ir.
Después de la guerra, comenzó el declive de Krystyna.
Era una mujer de acción, de modo que acoplarse a un mundo de relativa paz le era imposible. Jamás ganó suficiente dinero con el apoyo que se le brindaba de veterana de guerra, así es que tuvo que conseguir trabajos que, aunque dignos, eran muy poca cosa para una mujer de su valía.
Entre las sombras, había un hombre gris y mediocre llamado George Muldowney, quien se obsesionó con ella cuando trabajó en cruceros. Ante tanta insistencia, Krystyna lo rechazó. Poco a poco el deseo de tenerla creció a niveles enfermizos, hasta que el 15 de junio de 1952 la asesinó a puñaladas.
La sociedad inglesa quedó pasmada, aunque muchos ya la habían olvidado. El feminicida fue sentenciado a la horca, pero nada recuperaría la inmensa pérdida que causó a la historia del espionaje.
Hoy en día, Skarbek es recordada como lo que a muchos nos remite: un personaje de una novela, pero tan real como una mujer de carne y hueso.
En este final triste, quedan dos frases de Fleming: “todo mundo lleva en su bolsillo el revolver de la resignación” y “Una herida se graba en la mente a golpes, de las que solo sanan con la experiencia”.


