La noticia que ha dado la vuelta al mundo y que, sin duda, será un tema vigente durante los próximos meses ha sido el abatimiento de uno de los peores criminales en la historia de México: Nemesio Oseguera, conocido como ‘El Mencho’.
Hay infinidad de aristas, puntos de vista y enfoques que pueden abordarse para hablarse de esto, desde la criminología, la geopolítica, la seguridad nacional o la sociología.
En esta columna, en la que durante media década hemos tratado temas vinculados a la escoria del crimen en todas sus manifestaciones, hoy hablaremos de la llamada ‘Kingpin Strategy’: qué es, qué implica y algunos ejemplos.
Para los más jóvenes fanáticos de los cómics, el término ‘kingpin’ se asocia de inmediato con el villano Wilson Fisk, jefe criminal que odia a Daredevil y Spider-Man.
Y, ciertamente, no están tan lejos de la realidad, pues de acuerdo con el diccionario Cambridge, es “la persona más importante en una organización, compañía o actividad, usualmente vinculada al contexto del crimen”.
De manera general, la Kingpin Strategy se refiere a una política de seguridad que busca neutralizar —capturando o abatiendo— al líder máximo de una organización delictiva, con la idea de que, al eliminar la cabeza, el resto de la estructura se debilita, fragmenta o colapsa.
No le falta razón a Don Winslow, escritor que durante años ha abordado el tema del crimen organizado y el narcotráfico, cuando afirma que no importa si esto es un absurdo obsceno o una obscenidad absurda: “En cualquier caso, es una farsa trágica y sangrienta”.
CRECE EL TÉRMINO
Fue durante la década de los noventa cuando el término comenzó a popularizarse gracias a Robert Nieves, quien en aquellos años era jefe de la sección contra el tráfico de cocaína de la DEA.
Posteriormente, en México, durante el gobierno del presidente Felipe Calderón, el concepto se empleó con mayor frecuencia.
Como es de esperar, la Kingpin Strategy arroja múltiples hipótesis y críticas. Una de las más claras recurre a la metáfora de la hidra, aquel monstruo de la mitología griega al que, al decapitarlo, le crecían dos cabezas más.
Es evidente que cuando un líder delictivo muere o es capturado, habrá una larguísima lista de aspirantes dispuestos a ocupar su trono.
A lo largo de los siglos XX y XXI ha habido varios casos en los que esta estrategia se ha aplicado. En todos, las repercusiones impactan a la sociedad en su conjunto.
Quizá el caso más recordado sea el del narcotraficante colombiano Pablo Escobar, abatido el 2 de diciembre de 1993 en Medellín.
En un principio, esta situación debilitó a su grupo, y tanto la población como las autoridades celebraron el golpe.
Sin embargo, con el paso del tiempo se fortaleció el Cártel de Cali, principal rival del ‘Patrón’ y su organización.
Ahora viajemos de Colombia a Miami y retrocedamos a los años ochenta, cuando el tráfico de cocaína tenía a la ciudad sumida en la adicción y la violencia bajo el influjo de Griselda Blanco.
En 1985 fue detenida por la DEA y, aunque el tráfico del nocivo polvo descendió, muchos intentaron ocupar su lugar. Sobre esta criminal se puede profundizar en la serie ‘Griselda’.
Por supuesto, cuando se habla de esta estrategia no se puede pasar por alto la captura de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, ocurrida en febrero de 2014.
Sin embargo, como bien sabemos, hubo fugas, nuevas capturas y una cadena de hechos delictivos que no culminaron sino hasta el 12 de febrero de 2019, con la sentencia a cadena perpetua.
Hay muchos más casos que sería exhaustivo citar aquí: Arturo Beltrán Leyva en 2009, Osiel Cárdenas Guillén en 2003 y, el ejemplo más reciente, Nemesio Oseguera.
Hoy en día aún se resienten las secuelas del abatimiento del Mencho. Hay muchas reflexiones posibles, pero conviene citar al gran novelista estadounidense Raymond Chandler, quien dijo: “El crimen organizado es el lado sucio del dólar”.