Uno de los personajes más famosos de la literatura es sin duda Sherlock Holmes. El sagaz detective que protagoniza 4 novelas y 56 cuentos, ha pasado a la historia como el arquetipo del investigador de intelecto brillante, cuyo dominio de la razón y de la lógica le permiten descubrir hasta el crimen más abyecto y la conspiración más arcana.
Ha sido adaptado al cine, televisión y cómic infinidad de veces, y ha inspirado personajes que van desde Batman hasta el más banal investigador de serie que no excede de una temporada. Eso, todos lo sabemos.
Lo que quizá pocos sepan es que su creador, el escritor Sir Arthur Conan Doyle, fue además de un buen médico, un detective autodidacta que en más de una ocasión resolvió crímenes valiéndose de aquella técnica propia de su personaje: el Arte de la Deducción.
Con motivo de que en mayo se conmemora el natalicio de Conan Doyle (nació un 22 de este mes, pero de 1859) hoy recordaremos dos casos que resolvió como si fuera Sherlock, demostrando que a veces, es el arte el que imita a la vida.
Viajemos a Great Wyrley, pueblo del condado de Staffordshire, Inglaterra, cuando en 1903, aparecieron varios animales, como vacas, ovejas y caballos, horriblemente mutilados. Incluso a un pony se le acuchillo para que muriera de forma lenta y muy dolorosa.
El sospechoso fue George Edalji, un hombre de ascendencia india que fue arrestado por la policía tras los análisis de un supuesto grafólogo y a que encontraron manchas rojas en su ropa. Era hijo del párroco local, y tenía 27 años. Fue condenado a siete años de trabajos forzados por maltrato animal, aunque terminó cumpliendo tres.
Al salir de la cárcel, George estaba arruinado. No tenía trabajo y era víctima de racismo en aquella Inglaterra conservadora. Fue entonces cuando Conan Doyle se interesó en el caso.
La deducción del escritor fue brillante: las supuestas manchas de sangre eran óxido, y nadie hizo un correcto análisis químico. Además, al ser médico de formación con especialidad en oftalmología, se dio cuenta que George tenía miopía y astigmatismo, por lo que era imposible que mutilara animales de noche con semejante destreza.
George fue exonerado y gracias a la presión de Sir Arthur como figura pública se estableció en Inglaterra la primera Corte de Apelación. Finalmente, el responsable fue un joven que tenía antecedentes de maltrato animal y quería culpar al indio.
EL CASO SLATER
El segundo caso fue todavía más oscuro y extenso.
En 1908, Marion Gilchrist, una viuda millonaria de 83 años, fue encontrada muerta a golpes en la cabeza en su departamento en Glasgow.
Entre los sospechosos, estaba Oscar Slater, un inmigrante judío-alemán que fue sorprendido con un martillo y quería huir a América además que le encantaba beber, jugar e irse de parranda. Al ser alguien ‘de dudosa reputación’ en un entorno tan conservador como el de la época, fue el chivo expiatorio perfecto, de modo que se le condenó primero a la horca y luego a cadena perpetua.
Interesado en los hechos, Doyle publicó el reportaje ‘The case of Oscar Slater’, que sin ser periodista, demostró su agudeza para estos crímenes, y demostró que los policías habían manipulado las declaraciones de los testigos, además que el martillo que tenía Oscar era demasiado pequeño para matar a alguien, aunado a que escapaba para ocultar que le ponía el cuerno a su esposa.
El libro de Doyle y la presión mediática abrieron el caso. Tras pasar casi 2 décadas preso, Slater fue liberado y su condena fue oficialmente anulada en 1928.
Sherlock Holmes solía decir una frase que debería tomarse como base para cualquier investigación de un crimen: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Inconscientemente, uno empieza a deformar los hechos para que se ajusten a las teorías, en lugar de adaptar las teorías a los hechos”.
Aunque Sherlock Holmes no existió, su método deductivo sí.


