Hace 15 años, en un mes de marzo, ocurrió uno de los episodios más atroces y, durante años, más silenciados de la violencia del crimen organizado en México: la Masacre de Allende.
Durante años, fue ocultado entre la bruma de la corrupción y el miedo. Hoy ya es de conocimiento público, y se han escrito libros y filmado series al respecto… sin embargo, el dolor, la violencia y el miedo de lo ocurrido siguen vigentes.
Para entender la masacre, hay que remontarse a los antecedentes, cuando en 2009 un grupo criminal decide emanciparse del Cártel del Golfo, para llegar a Coahuila y controlar todo desde 2010 a 2015. Serían conocidos como Los Zetas.
“Mátalos a todos” fue la gélida frase que se escucharía.
La noche del 18 de marzo de 2011, estos criminales llegarían fuertemente armados al pueblo de Allende, exterminando sin misericordia alguna. Los sonidos de las armas y los gritos de las víctimas no hicieron eco entre la policía, pues durante todo el tiempo que duraron los hechos, no se acercó ni una autoridad.
La cifra de las víctimas es de 300, pero nunca se ha sabido la cantidad exacta.
Por si todo lo anterior no fuese lo bastante escalofriante, los Zetas incitaron a otros vecinos a saquear los hogares de las personas asesinadas. Después, llegaron con maquinaria pesada para destruir varias casas.
Los cuerpos de las personas asesinadas fueron quemados o derretidos en ácido. Los matones, con armas largas y a bordo de convoyes, se retiraron con una frialdad que aterraría al más cuerdo.
Fueron alrededor de 60 sicarios que perpetraron este cobarde acto. Surge, entonces, la pregunta obvia: ¿Por qué?
INTERROGANTES
Todo fue por la ira de uno de los peores criminales en la historia de México: Miguel Ángel Treviño Morales, conocido como el Z-40, cuando le avisaron que había un infiltrado en su organización, que le entregó a la Drug Enforcement Administration (DEA) el PIN de Blackberry para espiarlo.
Volátil e inestable como era, no dejaría pasar una acción semejante. Presuntamente, un hombre llamado Poncho Cuéllar y su gente de confianza fueron los sospechosos.
El Z-40, (con su hermano Omar Treviño Morales) quería matar a todo aquel que tuviera algún vínculo con su traición, y en un pueblo pequeño donde todo mundo se conoce, no hubo nadie que se salvara. Obviamente, hasta el día de hoy la DEA lo ha negado.
Una de las mejores crónicas e investigaciones sobre el tema es de la periodista estadounidense Ginger Thompson, titulado ‘Anatomía de una masacre’, cuyos derechos fueron comprado por Netflix, para adaptarlo a serie.
“Durante años después de la matanza, las autoridades mexicanas solamente hicieron esfuerzos inconsistentes para investigar. Erigieron un monumento en Allende para honrar a las víctimas, sin determinar por completo lo que había sido de ellas ni castigar a los responsables”, escribe Thompson.
El caso es tan conocido, que se puede checar a fondo en páginas como el Departament of Justice de Estados Unidos, el National Security Archive y la Global Investigative Journalism Network.
En 2021, se emitió la miniserie ‘Somos’, que se enfoca en la vida cotidiana de los habitantes de Allende antes de la llegada de los Zetas, y posteriormente, lo que desencadena los horribles hechos y termina con un pueblo devastado y vidas terminadas de forma dolorosa y abrupta. Asimismo, el podcast ‘Territorio rojo’ tiene un capítulo dedicado al caso.
En cuanto a las investigaciones periodísticas de gran nivel, se encuentra el libro ‘La masacre de Allende: Crónica de un crimen de Estado’ donde el destacado periodista Juan Alberto Cedillo (Ciudad de México, 1954) investiga a fondo el caso, denunciando todas las omisiones, irregularidades y ocultamientos.
Hoy en día, el caso de Allende sigue como una cicatriz que no cierra, y así quedará en la Historia de México.
Recordar es exigir justicia, y reconocer que el crimen no debe quedar impune.


