Antes de que termine el mes del padre, esta semana hablaremos sobre papás quienes, de alguna u otra forma, formaron parte de la mafia.
Sin duda, hay todo tipo de progenitores: responsables e irresponsables; buenos y malos; amorosos y distantes, pero pocos niños deben soportar que su padre sea un capo de la mafia. Hay quienes optan por olvidarlo, y están aquellos que, cual de una cinta de Hollywood se tratara, siguen los “negocios” de familia.
A continuación, se evocan los casos de los vástagos de dos gángsters.
John y John
La primera anécdota corresponde a John Gotti, nacido en 1940. Con el paso de los años, se convertiría en uno de los capos más famosos de Nueva York.
En los años ochenta la violencia en la Gran Manzana ascendió a causa de este capo, quien ascendió a jefe de la familia Gambino. A causa de su personalidad fría y estrafalaria, terminaría siendo un capo muy poderoso.
Como sabía evadir a la justicia de forma constante y era escurridizo como él solo, se ganó el apodo de “Don Teflón”, volviéndose el cliché del mafioso de película: dejó la escuela a los 16 años, hijo de inmigrantes napolitanos, amante de los trajes caros y con un ego enorme.
Pero como dice la ficha del FBI sobre su vida, disponible en línea: “era escurridizo, pero no pudo escapar de la justicia por siempre”.
Gotti (quien moriría en 2002) acabó en prisión, después de que sus socios declarasen en su contra, dejó a su hijo, John Jr. a cargo de sus negocios ilícitos, supervisándolo desde las rejas.
Sin embargo, no resultó lo que papá esperaba, pues cometió varios errores que ningún mafioso con dos dedos de frente haría, como tener una lista para su boda con los nombres que todos los miembros de su organización, que llegaría a manos del FBI.
Así, se ganaría el apodo de “dumbfella” o sea “muchacho tonto”. Así, entraba y salía de prisión por diferentes cargos, hasta que en 2015 publicó sus memorias, tituladas “Shadow of my father”.
Tal parece que la familia Gotti tiene el crimen en las venas, pues en marzo de 2017 arrestaron, por asaltar un banco, al nieto de John padre.
Meyer y Sandy
En el caso opuesto, está Sandra Lansky, la hija del peligroso gángster Meyer Lansky.
Aunque no era muy alto (medía 1.52 metros) Meyer fue uno de los más poderosos mafiosos en Estados Unidos, dedicado no solamente al crimen organizado, sino a lavar dinero. Tuvo tres hijos: Buddy, Paul, y una única niña: Sandra.
La mujer, quien actualmente tiene 84 años, recuerda varias anécdotas de su padre, como cuando conocieron a Frank Sinatra, o la vez en que el mafioso compró todos los boletos de un teatro para que pudieran ver, los dos solos, la obra “Carrousel”.
Meyer siempre quiso mantener los negocios ilícitos lejos de su familia, por eso le hizo creer a Sandra que era vendedor de discos. Además, los compañeros en el crimen de Meyer eran para la niña sus tíos y amigos de la familia: Bugsy Siegel y Lucky Luciano, quienes eran crueles y despiadados con la policía, el FBI y todo mundo, pero para Sandra siempre fueron personas que la trataron muy bien.
Pero todo se vino abajo cuando una vez, a los 13 años, caminaba por Nueva York y vio en un puesto de periódicos la foto de su padre en un diario.
¿Cómo era posible que un simple vendedor de discos apareciera en las noticias de ocho?
La niña compró el ejemplar, dándose cuenta que tanto “papi” como sus “tíos” eran los más terribles mafiosos de Estados Unidos y parte del mundo. Después vería las famosas Audiencias de Kefauver en 1951, donde se juzgó a muchos capos de la mafia.
Uno de los consejos que le dio fue “nunca te quejes, nunca te expliques y nunca pidas que te expliquen”. En noviembre de 1973, Meyer Lansky fue arrestado por evasión fiscal y robo. Murió en 1983.
En 2014, los escritores y periodistas Nick Pileggi y Norah Ephron entrevistaron a Sandra Lansky y publicaron el libro “Daughter of the King: Growing up in Gangland”, que no cuenta con traducción a nuestro idioma.