Una de las más grandes novelas de terror y ciencia ficción jamás escritas es ‘Frankenstein’ de Mary W. Shelley. Junto con sus adaptaciones cinematográficas, desde la versión de 1931 dirigida por James Whale hasta la próxima a estrenarse el 7 de este mes de la lente de Guillermo del Toro.

La historia del doctor que tiene la osadía de sentirse Dios e infunde vida a un cadáver con electricidad ha fascinado generaciones enteras, y de seguro, lo seguirá haciendo.

Pero surge la pregunta: ¿Cuánto de ‘Frankenstein’ es verdad y cuánto fantasía? ¿Hubo realmente un asesino ejecutado a inicios del siglo XIX al que un médico pretendió revivir? La respuesta a ambos cuestionamientos es un rotundo “sí”, y hoy hablaremos de eso.

Giovanni Aldini era un brillante médico, sobrino de Luigi Galvani, médico italiano cuyos estudios se enfocaron en la electricidad y los impulsos nerviosos del cuerpo (de hecho, de allí viene el término ‘galvanizado’), que se enfocó buena parte de su vida en conocer las reacciones de los cadáveres ante la electricidad.

Concluía el siglo XVIII y empezaba el siglo XIX, y se veía a esta fuerza como luego se apreciaría al poder del átomo y ahora, a la inteligencia artificial: había mucho por hacer y por descubrir.

Aldini, quien era un científico brillante, necesitaba de un cadáver recientemente fallecido para poder aplicar su conocimiento, y ese momento llegó el 17 de enero 1803.

Lo que sigue a continuación parece una historia de ficción, pero se puede comprobar en página de la Universidad de Melbourne, Smithsonian Libraries and Archives y el Royal College of Surgeons of England.

EL CUERPO ELÉCTRICO

En enero de 1803, un horrendo crimen conmocionó a Inglaterra: un hombre llamado George Forster asesinó a su esposa y a su hijo ahogándolos en el Canal de Paddington.

Hubo un juicio en el que, tras varias declaraciones, se condenó al acusado a la horca.

Lo cierto es que todas las evidencias que hubo fueron circunstanciales, y hasta el día de hoy se cuestiona su culpabilidad.

Hubo quienes desmintieron las acusaciones, pero como ocurre en muchos juicios a lo largo de la historia, lo que la gente quería era a un chivo expiatorio para que pagara por el asesinato de una mujer y un niño.

Forster fue colgado en la prisión de Newgate.

Como dato curioso, en aquella época, era común que los ejecutados a muerte, mientras oscilaban de la soga, tuvieran el derecho de pedir a amigos y familiares que les jalaran las piernas, para que la muerte fuese más rápida.

Aquella noche hacía un frío atroz, lo que permitiría conservar el cadáver, que estuvo a 2 grados bajo cero.

Las leyes de la época dictaban que el cuerpo del condenado no tenía por que gozar de sagrada sepultura, por lo que los colegios de cirujanos podían disponer de este para que los estudiantes aprendiesen medicina.

Fue entonces cuando Aldini supo que había llegado su momento.

El científico organizó un evento en el Colegio de Cirujanos de Londres, colocando el cuerpo de Forster en una mesa de disección, y a un lado, dos varillas conductoras a una rudimentaria batería.

Entonces, descargó la electricidad.

Sorpresivamente, el cadáver abrió un ojo, levantó un brazo y pudo cerrar un puño. Pero, para infortunio de Aldini, no resucitó.

Hoy en día, este tipo de trato a un cadáver sería completamente inhumano y violatorio a los derechos más fundamentales, pero en su época era parte del desarrollo tanto legal como científico.

‘Frankenstein’ es una joya literaria porque, entre otros temas, nos habla de la naturaleza humana, pretender ser Dios y las consecuencias que conllevan y sobre todo, las fronteras de la vida y la muerte.

O como dice la misma Mary Shelley: «De tan extraño modo están construidas nuestras almas, y por lazos tan tenues se encuentran atadas a la prosperidad o a la ruina.»