Cuando se populariza el caso de un asesino en serie, y su vida se convierte en película o programa televisivo, la gente suele enfocarse en sus crímenes, en su modus operandi y en su vida, pasando por alto lo más importante (aunque, por desgracia, menos popular) el daño que causaron a su entorno y sobre todo, a sus víctimas.
Con el reciente estreno de «Monstruo: la historia de Ed Gein» ocurre lo mismo que con las muchas adaptaciones de Jeffrey Dahmer o Charles Manson. Los criminales se convierten casi en personajes, y los nombres y las vidas de a quienes perjudicaron, ocupan un segundo plano. Cualquier criminólogo responsable afirmaría que el enfoque victimológico no se debe pasar por alto en ningún momento.
Hoy, hablaremos de la grotesca sombra que dejó Ed Gein, pero primer recapitulemos: este criminal era un profanador de tumbas y el asesino de dos mujeres en el pueblo de Plainfield, Wisconsin. Cuando se descubrieron sus actos en 1957, la noticia dio la vuelta al mundo, volviéndose en ese entonces un hecho sin precedentes.
La primera víctima de Edward Gein fue Mary Hogan. Se trataba de una mujer trabajadora y dedicada, que tenía a su cargo la taberna del pueblo, cuyo nombre era ‘Hogan’s Tavern’. Ella era originaria de Chicago, Illinois, y entre los rumores del pueblo, se decía que tenía tratos con la mafia, que en aquellos años iba acumulando mucho poder. Por eso, cuando desapareció en 1954, los prejuicios apuntaron a que se debió a sus tratos con el crimen organizado.
La segunda víctima fue Bernice Worden, una dedicada mujer de 50 años dueña de la ferretería del lugar, que murió de un balazo. Su hijo, Frank, fue otro de los seres humanos afectados para siempre por las infames acciones de Ed Gein… sin embargo, toda la gente del pueblo tuvo que enfrentar que el resto del mundo viera Plainfield como la tierra de este asesino, proyectando una imagen que nadie quería ni para sí mismos ni para su entorno.
También está el caso de los primeros hombres que llegaron al lugar de los hechos.
LOS AGENTES
Quienes enfrentaron un auténtico descenso a los infiernos fueron el capitán de policía Lloyd Schoephoerster y el sheriff de Plainfield, Art Schley. Ambos llegaron a la granja donde vivía Gein, sin imaginarse la aberración que iban a encontrar.
Al ingresar al inmueble, se percataron que estaba repleto de basura, polvo y telarañas. Gein guardaba una lata con chicles masticados. Creyeron que eso era demasiado asqueroso… pero aún no enfrentaban ni el uno por ciento. El aire estaba viciado. Todo apestaba.
Conforme avanzaban, ayudados por una linterna, la experiencia se puso peor.
Hallaron muebles tapizados con piel humana, cráneos humanos que Gein había convertido en tazones en los que comía, huesos que usaba para adornar los postes de su cama y un vestido y una máscara hechos con piel humana. Su segunda víctima, Bernice Worden, fue colgada de cabeza y abierta en canal en el granero, ubicado junto a la casa del criminal. Además, había pantallas de lámpara, cinturones y brazaletes hechos con piel humana.
Para los dos representantes de la ley haber visto todo ese horror les afecto sobremanera. En primer lugar, Plainfield era un pueblo pequeño y apacible, donde crímenes de esa magnitud eran inauditos, y en segundo, el concepto de asesino en serie como lo conocemos estaba en pañales. Aquella experiencia, sin duda, habría marcado a cualquier persona.
El 20 de marzo de 1958 alguien prendió fuego a la granja de Gein. Nunca se supo el nombre del responsable, pero era un hecho que muchos vecinos de Plainfield querían erradicar, con el fuego, el mal nombre que el criminal le dio a su apacible pueblo.
Los lectores interesados en conocer este caso a detalle, puede consultar uno de los mejores libros del caso: ‘Deviant: The Shocking True Story of Ed Gein, the Original Psycho’, del académico y escritor Harold Schechter.